| El cuerpo ebrio es un cuerpo abierto, transparente, en el cual afloran las vísceras. Es un cuerpo frágil, en peligro: el alma es susceptible de escaparse mientras que los demonios aprovechan esta inestabilidad para incorporarse, para apropiarse del cuerpo y hacerlo suyo. Es cuando empieza la metamorfosis identitaria.
A través del juego de máscaras, tanto antifaz físico, -el rostro es deformado por el alcohol – tanto disfraz mental, la persona borracha adopta una nueva identidad. El cuerpo abierto se materializa también en la posibilidad –durante la borrachera- de vivir una nueva identidad, de sentir cambios en su propio cuerpo y pensamientos así como en la percepción que se tiene del mundo exterior; en fin, de experimentar un mundo al revés.
El exceso es reprimido, si bien el borracho es un personaje grotesco, en la desmesura, el beber demasiado reduce el hombre al estado animal puesto que lo priva momentáneamente de su razonamiento. Y esta conducta es moralmente reprobada.
Ahora bien, el consumo abundante de bebidas euforizantes favorece el fluir de los líquidos corporales y engendra la subsiguiente interrelación con el medio que rodea al hombre. A través de este vaivén hidráulico, el cuerpo se vuelve un objeto de comunicación con el más allá al estimular los elementos naturales en reproducir un movimiento similar. El cuerpo expresa –en menor escala- una metáfora del cosmos. La misma medicina tradicional andina recomienda preservar la circulación de los humores corporales en armonía con el mundo exterior para que no se rompa esta relación que podría tener efectos nefastos sobre la buena marcha del mundo.
Prolongando esta reflexión, entendemos que un estado de conciencia alterada acompaña generalmente los ritos ligados a la fecundidad humana y de la Tierra Madre, Pachamama. Parecería que el contexto festivo con su música, baile y alcohol engendra simbólicamente fecundidad. Seducción, sexualidad y fecundidad están a menudo imbricadas con el consumo de alcohol.
Finalmente, para agradar a los dioses y para aproximarse a su condición divina, el hombre empezó a realizar sacrificios. El sacrificio de sí es la máxima expresión de esta ritualidad: al beber hasta encontrarse en un estado cerca del coma, el hombre realiza un doble sacrificio, por una parte, comparte las bebidas euforizantes con sus divinidades al ofrecer libaciones y por otra, entrega su propio cuerpo en ofrenda. En fin, la sangre del sacrificio o el cuerpo deteriorado por el alcohol permite generar un nuevo ciclo, se trasciende la muerte real o simbólica para volver a la vida. Otra vida.
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Céline GEFFROY KOMADINA
Céline Geffroy Komadina es antropóloga.
Después de vivir en Chile y luego Bolivia por numerosos años, se ha diplomado en el Institut des Hautes Etudes de l’Amérique Latine (Paris-Sorbonne Nouvelle).
Su tesis de licenciatura sobre las formas de reciprocidad en los Andes fue dirigida por la profesora Thérèse Bouysse-Cassagne.
Luego, dirigió una investigación sobre la economía solidaria en una comunidad campesina de Cochabamba cuyos resultados fueron publicados en el libro “La invención de la comunidad. Economía solidaria y migración de retorno en Huancarani” (ed. Embajada de Francia, PIEB).
Asimismo, es co-autora de un libro titulado “El poder del Movimiento Político. Estrategia, tramas organizativas e identidad del MAS en Cochabamba (1999-2005)” (ed. PIEB, Dicyt, UMSS).
Actualmente, es candidata al doctorado para la Universidad de Nice Sophia-Antipolis (Francia); sus investigaciones tratan de la fiesta, el sacrificio y las alteraciones identitarias durante la ebriedad ritual y colectiva.
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